Un alarmante declive en el Altiplano. El equipo de Rumbos, que visitó estos refugios altoandinos en 2019, constata hoy una crisis crítica: el desabastecimiento de recursos estatales pone en jaque tres décadas de avances científicos y amenaza con extinguir al gran guardián de las alturas.
Correr a sesenta kilómetros por hora en una llanura inhóspita, donde el oxígeno escasea y el viento muerde la piel, parece una hazaña mitológica. Para el suri, el imponente avestruz de las alturas, es su día a día; sin embargo, hoy la velocidad ya no es suficiente para escapar del olvido presupuestal y la burocracia estatal.

El panorama actual es desolador para esta gran ave de los Andes peruanos. De acuerdo con los últimos monitoreos oficiales, quedan menos de 350 ejemplares silvestres custodiando los pajonales y tolares de Puno, Tacna y Moquegua, una silueta elegante inspiradora de danzas milenarias que hoy corre hacia la extinción.

En el Área de Conservación Regional Vilacota Maure, a más de 4,300 metros de altitud, las comunidades locales defienden a diario la especie contra la fuerte sequía. Lamentablemente, este esfuerzo comunal tambalea ante la indiferencia del Gobierno, mientras los animales cruzan los bofedales congelados buscando sobrevivir al invierno.

La última llamada de auxilio proviene de los mismos refugios altoandinos de protección. Tres centros de conservación enfrentan un desabastecimiento crítico de recursos, pues la falta de presupuesto del MIDAGRI ha dejado a 140 aves sin alimento balanceado, poniendo en riesgo sanitario tres décadas de valiosos avances científicos y genéticos.

Para las comunidades aymaras, el suri es un ser esencial que equilibra el cosmos. Salvarlo exige resguardar el agua de industrias extractivas y retirar alambrados; el Altiplano corre el riesgo de perder para siempre el rítmico galope de su fauna y queda en manos de las autoridades decidir si este año salvaremos al gran guardián.






