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EXPEDICIÓN A AYACUCHO 

Crónica madre & hija a una región llena de vida. 

Recorrer las coloridas páginas del libro “Panes de Ayacucho” de Juan Andrés Ugaz Cruz, animó a mi hija Aíssa, socióloga, panadera, fotógrafa y surfer, y a mí a viajar a Ayacucho. Queríamos disfrutar de las maravillas arqueológicas, artísticas, naturales, humanas y panaderas que narra la publicación.  Descubrimos que tras años de dolor por el terrorismo de las décadas de los 80´s y 90´s, Ayacucho ha resurgido con una vitalidad tan multicolor como su arte.

ESCRIBE: CATERINA VELLA   FOTOS: AÍSSA PUELLES VELLA

Llegamos a Ayacucho volando en LATAM, el viaje duró menos de una hora por las condiciones del viento a nuestro favor, con momentos de turbulencia al atravesar capas de nubes. Tras un obligado descanso para aclimatarnos -Huamanga está a 2.761 metros- decidimos ir por una reparadora sopa de quinua. 

Nos recomendaron el restaurante Vía Vía, así que rumbo a él emprendimos con Aíssa al control de google maps. En el camino nos cruzamos con un grupo de chicos ensayando una danza folclórica en una plaza. Quedamos admiradas de su energía al bailar, a la vez que cantaban en quechua, con los tonos agudos característicos de las melodías andinas. Mientras nosotras limeñas nos agitábamos a cada paso, los danzantes sacaban chispas bailando sin parar. 

En el restaurante ubicado en una antigua casona ayacuchana, mientras esperábamos nuestras sopas, tuvimos la conversación crucial en todo viaje compartido. ¿Cómo repartiríamos los gastos? Aíssa, avispada centennial de 29 años, sugirió la App tricount, de la que por supuesto yo, Generación X nacida en 1965, no tenía idea.  Acepté encantada la propuesta, que resultó ser una forma super sencilla de controlar y saldar los gastos compartidos. 

VIAJERAS EN APUROS

El principal auspiciador del libro “Panes de Ayacucho”, que motivó nuestro viaje, es el Patronato Pikimachay, presidido por Carlos Añaños, a quien teníamos planeado entrevistar para Rumbos. Con esto en mente decidimos que nuestro primer destino sería la cueva de Pikimachay, lugar donde vivieron humanos hace 20,000 a 13,000 años, durante el Pleistoceno final, según las investigaciones de Richard MacNeish. 

El transporte más usado en Huamanga es las mototaxis. Nos embarcamos en una rumbo al paradero a Huanta, la ciudad más cercana al sendero que debíamos tomar para trepar a la prehistórica cueva. Sin embargo, la apurada conductora nos dejó en un lugar equivocado. 

Confundidas, esquivando carros, ambulantes y motos bajo el sol ardiente, sin saber hacia dónde dirigirnos, preguntamos en una tienda de ropa. Desde allí, un tipo que se estaba probando un polo nos comentó que iba a Huanta en su camioneta 4 x 4.  “Viajarán mucho más cómodas, solo esperen que mi primo pague una motobomba que estamos comprando y partimos al toque”, nos dijo proponiendo llevarnos.  

La camioneta pickup roja de llantas gigantes con resplandecientes aros resultaba mucho más atractiva que una apretada combi, así que subimos a esperar al primo. En el camino, riendo, nos contaron que se dedicaban a la coca en el VRAEM. El cercano, peligroso y temido (sobre todo por la trata de mujeres) Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro.

 “Cultivos de coca legal, imagino”, les dije para hacerles conversación. La respuesta fueron risas cachosas y un nervioso: “No les preguntes más mamá”, de Aíssa. Tras una serie de “bromas” pararon en el punto acordado, donde bajamos al vuelo.  Aíssa me diría después que tuvo miedo de que aceleraran con ella aún dentro.

RETORNO AL PASADO: CUEVA DE PIKIMACHAY 

Tras el tenso momento, empezamos la caminata a la cueva de Pikimachay por unas escalinatas construidas por el patronato. El radiante sol andino de mediodía quema fuerte, así que resultan providenciales una serie de tambos con sombra en la empinada ruta que asciende 400 metros. 

De pronto, nos topamos con un enorme Mastodonte, luego un Perezoso gigante e incluso, un temible Tigre dientes de sable. Realistas esculturas de animales que supuestamente cohabitaron en la zona con los primeros humanos. 

Entrar a la enorme cueva, un oscuro boquerón en lo alto de la montaña con filtraciones de agua entre las piedras nos remite al pasado. “Imagínate que atravesamos un portal y empieza a moverse el tigre dientes de sable”, me dice Aíssa. 

La verdad no sé si le hubiéramos tenido más miedo al tigre que a los presuntos narcos. Afortunadamente seguimos sanas y salvas en el presente, oteando desde la cueva de Pikimachay la inmensidad del horizonte, como alguna vez lo hicieron nuestros ancestros.

LOS PRODIGIOSOS WARI

Después de una ruidosa noche saturada de cláxones, frenazos, ladridos de perros y canto de gallos, preparamos en la cocina compartida de nuestro céntrico Hotel Casa Sucre sabrosos huevos revueltos, cremosa palta de Huanta y delicados panes chapla recién horneados a la leña, uno de los característicos de Ayacucho. 

Para nuestro segundo día, de la vasta oferta de tours elegimos ir al complejo arqueológico Wari, el Museo de las abejas y la Pampa de Ayacucho. De la experiencia se aprende, así que contratamos al señor Justiniano Gómez Palomino para que nos haga un tour privado. “Soy taxista formal, iremos a su ritmo, tranquilos, sin apuro”, fue su convincente presentación. 

El señor Justiniano nos contó que durante más de 35 años trabajó como conductor de ambulancias de EsSalud.  La pericia adquirida al volante resultó muy valiosa en la carretera llena de huecos. “Antes Provias daba mantenimiento”, nos dijo recordando tiempos mejores mientras esquivaba forados. 

Al llegar al complejo arqueológico Wari recordé mis días de colegio en que aprendí que fueron grandes guerreros. Sin embargo, caminando en silencio entre paredes de piedra de hasta cinco metros de alto, intuí que fueron mucho más que eso. 

DE PRONTO UN ARQUEÓLOGO 

Entre los vestigios del barrio de Monjachayo apareció el arqueólogo Adán Castilla, gran estudioso de esta cultura preinca que se desarrolló en Ayacucho durante el Horizonte Medio (entre los años 600 a 1100 D. C).  

“La Ciudad de Wari tiene 2,000 hectáreas, con 32 barrios identificados, llegó a ser la primera ciudad imperial de los Andes, con cerca de 70,000 habitantes”, nos explica mostrándonos una imagen de los pisos hacia arriba y también subterráneos, que tenía la construcción frente a la que nos encontramos. 

“Los Wari se expandieron hasta Lambayeque y Cajamarca por el norte del Perú y por el sur hasta Moquegua y Cuzco impartiendo su ciencia, tecnología, religión y urbanismo de patrón octogonal celular. Incluso el Qhapaq Ñam, la inmensa red de caminos construida por el Imperio Inca, se basa en los caminos que hicieron los Wari”, relata el arqueólogo chacchando aromáticas hojas de coca. 

Plantas de cactus con tunas de diversos colores rodean el complejo arqueológico. Sus altas paredes de piedra están unidas con mortero de barro para dar solidez a los muros. Hemos aprendido que los Wari eran grandes urbanistas y que los Incas siguieron su modelo de construir y gestionar ciudades. ¿En qué momento perdimos los peruanos la noción de estética, urbanismo y respeto por los valles? 

Huamanga, la ciudad más importante de Ayacucho, ha crecido desordenada a punta de invasiones. Calles estrechas de doble sentido, construcciones de ladrillo sin terminar, marañas de cables, veredas diminutas, ninguna planificación de plazas o áreas verdes, basura acumulada con perros mordisqueándola. Caótica realidad que se repite en todo el Perú, paradójicamente un país con más de 30 universidades con la carrera de Arquitectura y Urbanismo. Los Wari deberían renacer para guiarnos; vivimos inmersos en el reino de la informalidad y el caos. 

A SEGUIR EXPLORANDO 

Nuestro periplo con el diestro conductor de ambulancias continuó con el Museo de las abejas y La Pampa de Ayacucho, histórico lugar rodeado de verde donde se libró la Batalla de Ayacucho en 1824. Descansando al lado de un arbusto copado de amarillas y dulzonas flores de retama, imaginamos la sangrienta lucha en esa alta esplanada, gracias a la cual se proclamó nuestra independencia de los españoles. 

Decidimos almorzar en el restaurante QuinuaQ con vistas a multicolores cultivos y lejanas montañas. Resultó el lugar perfecto para disfrutar platos de un proyecto gastronómico en el que se lucen la trucha, el cuy, el chanchito andino y, por supuesto, la quinua en diversas versiones. 

Al día siguiente optamos por un tour con la agencia de viajes Qlick Travel que nos llevaría a ver Puyas de Raimondi, el Intihuatana y la laguna de Pumacocha, terminando en Vilcashuamán. 

Fue difícil decidir, también resultaban atractivos el pueblo de Sarhua, las aguas turquesas de Millpu o Pachapupum, un volcán con un cráter de 10 metros de diámetro que no expulsa lava, sino vapor del subsuelo. Por distancia, las aguas turquesas y volcán están a cuatros horas de Huamanga, elegimos la opción más variada e histórica. 

PUYAS DE RAIMONDI 

A bordo de una van con otros viajeros llegamos a Manallasacc, a 3,500 metros de altura, donde se encuentra un pequeño rodal de Puyas de Raimondi. “A esta planta le dicen la reina de los Andes porque lleva sus espinas como si fueran una corona. Asemejan garras de un gavilán, pueden llegar a sacar una parte de la piel”, explica nuestro guía Juan Salvador invitándonos a “visualizar” las garras vegetales. 

Caminamos despacio entre las Puyas, la altura se siente, tardan cien años en crecer llegando a medir hasta 15 metros. Poco antes de morir florecen una única vez en su vida, produciendo hasta 33 mil flores de color blanco y 40 millones de semillas. Las puyas poseen la inflorescencia más grande del reino vegetal, leo en la IA. “Titanka se le denominaba en los Andes, las descubrió el naturalista Antonio Raimondi el año 1874”, concluye nuestro guía apurándonos para seguir. 

AMARRAR AL SOL 

Después de caminar entre restos arqueológicos hasta el Intihuatana, piedra ritual inca que funcionaba como reloj solar, paseamos en bote en la laguna de Pumacocha bajo un cielo celeste extremo.  Con la imagen de las nubes reflejándose en el agua, seguimos camino a Vilcashuamán pasando por cultivos de avena, parcelas de quinua roja y eucaliptos.  

Al ritmo de música ayacuchana nos dirigimos al último punto central de nuestro tour. Sentadas estratégicamente al lado del chofer, vemos pasar campos de quinua amarilla y cultivos de tarwi, colmados de florecitas moradas.  “La luz está linda porque es más tarde y se pone naranja”, me dice Aíssa con sensibilidad fotográfica. 

Al llegar, el templo de Vilcashuamán nos sorprende por su tamaño y lo integrado que está a la plaza del pueblo. Imaginaba que caminaríamos por el campo hasta llegar a él, como hicimos en Intihuatana. 

“La ciudad de Vilcashuamán fue muy importante en la época de los Incas pues en este lugar se forma una cabecera, significa que era un punto de encuentro para los chasquis, por aquí pasan los cuatro caminos incas. Retrocedan en el tiempo e imagínense todo enlucido de oro. Antes de la llegada de los españoles cada hornacina estaba impregnada de oro”, explica Juan mientras observamos la pirámide ceremonial de cinco plataformas y el “Trono del Inca”, tallado en una gran piedra desde donde presidía ceremonias, juicios y rituales al sol. 

“¿A qué altura estamos?”, pregunta alguien del grupo. “Estamos a 3,400 metros”, contesta vivaz un chiquillo local. Se ofrece a tomarnos fotos en lugares estratégicos en las que saldremos tocando las torres de la iglesia San Juan Bautista. Esta fue construida por los españoles en la época de la colonia sobre las bases del Templo del Sol y la Luna, superponiendo su cultura sobre la de los conquistados.  Dada la iniciativa del “fotógrafo” accedemos a posar con él, resultando bastante exigente en su afán de lograr las tomas. 

RECUERDOS DE TIEMPOS VIOLENTOS  

Cuando salimos de Ayacucho pasamos por una zona llamada Infiernillo. Allí tiraban a la gente en los años ochenta y noventa, décadas de terrorismo sangriento e incursiones militares. “Durante la guerra interna Ayacucho pasó el peor momento. Si desaparecía un familiar a veces lo encontraban putrefacto en ese abismo”, nos narró nuestro guía Juan Salvador, de 19 años, al bordear el desfiladero. 

Oriundo de Cangallo, sabe de oídas muchas de las historias de dolor que pasaron sus padres, parientes y amigos en Ayacucho, la región más golpeada por la violencia. Las cosas han cambiado, sin embargo, los terribles recuerdos quedan. “Nuevamente hay repoblamiento de jóvenes acá en Ayacucho, no tenemos que migrar a Lima o Arequipa en busca de mejor vida. Me siento tranquilo aquí, estoy contento de guía”, dice Juan expresando el sentir de las nuevas generaciones. 

Otra joven ayacuchana con la que compartimos fue Yuly Cerván Prado, nos atendió amorosa en Casa Sucre, hotel decorado por ella con dibujos de motivos ayacuchanos en alto relieve.  Su hacer pausado transmite tranquilidad, a pesar de los incesantes ruidos de motos y cláxones de la calle. 

“No viví el terrorismo, pero mis papás sí. Mi papá trabajaba en la Municipalidad de Vilcashuamán y mi mamá era profesora, allí se conocieron. Hubo una incursión militar en el colegio en que enseñaba. El la ayudó a escapar con las justas. Muchos años después mi mamá se encontró con uno de sus compañeros. Allí recién le contó que a las mujeres las violaron y a los profesores varones los lanzaron de un helicóptero en la pampa Cangallo en Wari”.  

¿Se habla de los tiempos de terrorismo?, le pregunto conmocionada con la historia de sus padres. “En Ayacucho en el día a día no, pero si hablas con mamitas tal vez te cuentan que perdieron a sus hijos y ni siquiera saben dónde están, queda mucho dolor”, responde Yuly. 

Como un homenaje a las víctimas, un grupo de madres campesinas que buscaban a sus hijos desaparecidos fundaron el Museo de la Memoria “Para que no se repita”. Ubicado en un tercer piso de Jr. Libertad 1365, se muestran fotos, ropas, objetos personales y testimonios. 

Es un recorrido doloroso por un espacio conmovedor. Muchos de los guías son familiares de las víctimas, por lo que los testimonios son directos y muy fuertes. Visitar el museo es necesario para adentrarnos en un dramático periodo de nuestra historia. 

UN MIRADOR ALUCINANTE  

La noche antes de partir de regreso a Lima decidimos ir al Mirador de Intihuarcuna del que hemos oído hablar bastante. Nos lleva nuestra nueva amiga influencer y abogada Mariel Campos. Maquillada, con tacos, simpatiquísima nos da el encuentro frente a la Catedral para subir en un tour. Al llegar el chofer anuncia que tenemos dos horas, quien no regrese a tiempo tendrá que bajar caminando. ¿Dos horas?, ¿qué tanto podemos hacer?, pregunto. 

El mirador Intihuarcuna resulta ser el desborde de la creatividad ayacuchana. En lo alto del cerro La Picota sus creadores han construido de todo. Para comenzar nos da la bienvenida un águila gigante con las alas extendidas. Luego en sus tres niveles hay restaurantes, esculturas, una mano gigante, la luna creciente, retablos, cruces, arcos, murales, puentes colgantes… 

Una mezcla alucinada donde la gente se toma fotos para sus redes. Debe ser el mirador más “instagramable” del planeta. Mariel, Aíssa y yo posamos balanceándonos en el puente colgante luego de tomarnos unos “calentitos”, un licor caliente hecho con aguardiente de caña, hierbas aromáticas y azúcar que nos pone en fa.   

COLOFÓN: HASTA LA PRÓXIMA 

Última mañana en Ayacucho, vamos a extrañar escuchar: “buen día linda”, “qué busca preciosa”, en un tono super suave que difiere del incesante ruido de la ciudad.  “Pasajeros del vuelo LATAM con destino a Lima”, anuncian por el parlante. 

Antes de embarcar le sugiero a Aíssa hacer las cuentas pensando en ponernos a sumar y restar. “Lo bueno de Tricount es que no es necesario hacer cuentas, el aplicativo suma y resta para saber quién debe a quién al final del viaje. Hemos ido poniendo los gastos, es facilísimo”, responde mi adorada centennial apretando un botón que en segundos nos da la cifra exacta. 

¿Qué te ha parecido la experiencia?, le pregunto. “Estuvo lindo, me gustó que fuéramos a varias partes y que tuvimos diferentes maneras de conocer. Unos días las dos solas muy a nuestro ritmo, luego con el señor Justiniano un poco más lejos de la ciudad y después en un tour más grande que es distinto, pero entretenido conocer gente. Lo que no me gustó es el ruido, un poco alocado, no me volvería a quedar tantos días en Huamanga, la contaminación sonora afecta”. 

¿Y la relación con tu madre? “Muy bien, ha estado divertido, tenemos ritmos alineados”. La mejor respuesta para un viaje a una región que tiene mucho que ofrecer en naturaleza, historia, comidas, panadería, arte y amabilidad de su gente. ¡Hasta pronto Ayacucho! 

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