Ubicado entre Lurín y Pachacámac, el Santuario de Amancay protege cerca de 800 hectáreas de lomas costeras y alberga alrededor de 180 especies de flora y fauna. Sus rutas permitendescubrir uno de los paisajes naturales más singulares de la capital, disfrutar de actividades al aire libre y conocer parte de la historia del valle de Lurín.
Ubicado entre Lurín y Pachacámac, el Santuario de Amancay custodia cerca de 800 hectáreas de lomas costeras y refugia alrededor de 180 especies de flora y fauna. Sus senderos invitan a descubrir un paisaje único en la capital, hacer deporte al aire libre y conectar con la memoria viva del valle.
A tiro de piedra de la urbe se esconde un rincón que muda por completo de cara cuando entran los primeros fríos del año. En este territorio, la garúa constante y la neblina invernal cubren de verde los cerros, armando un escenario improbable en medio del desierto. Ahí opera el Santuario de Amancay de UNACEM, una reserva natural donde se protege a la flor de Amancay, brote representativo de la ciudad que hoy sobrevive en poquísimos rincones de la costa central.

El área forma parte de las Lomas de Quebrada Río Seco y resguarda exactamente 787.82 hectáreas. En su geografía habitan cerca de 140 variedades vegetales —destacando nativas como el cactus de Lima (Haageocereus limensis) y la propia flor de Amancay (Ismene amancaes)— además de 125 especies animales, entre las que destacan el zorro costeño, aves como el minero peruano (Geositta peruviana), reptiles como el gecko de las lomas (Phyllodactylus lepidopygus) y una enorme diversidad de insectos.



La figura central del lugar es, sin duda, la flor de Amancay. De un amarillo vivo y de un brote que dura apenas unos días, esta planta mantiene un lazo directo con las raíces criollas de Lima. Durante mucho tiempo inspiró la célebre Fiesta de Amancaes, una cita que cada 24 de junio congregaba a la gente del centro entre criollismo, platos típicos y caminatas por los cerros tupidos de vegetación.

En la actualidad, verla en estado silvestre resulta cada vez más difícil. El crecimiento urbano sin control y el pisoteo sobre el ecosistema han cercado su hábitat. Por eso, cuidar la flor exige resguardar la totalidad del territorio que la sostiene.
De 70 a casi 800 hectáreas bajo resguardo
El trabajo de recuperación de estas lomas no improvisa: arrancó hace más de dos décadas cuando UNACEM, de la mano de Floralies y Prodena, cercó un primer tramo de 70 hectáreas donde la presencia de flores de Amancay era todavía tupida.
En 2021, el Ministerio del Ambiente formalizó el espacio bajo la categoría de Área de Conservación Privada (ACP) mediante resolución oficial. Con este paso, se convirtió en la primera reserva de su tipo dentro de Lima Metropolitana y extendió el mapa protegido a sus actuales 787.82 hectáreas.

Años después, la autoridad ambiental renovó este estatus por un década más hasta el 2041, asegurando la continuidad del proyecto de manejo territorial. Para respaldar esta tarea, el santuario opera un vivero e invernadero automatizado de 200 m² a base de energía solar. Esta infraestructura permite cultivar más de 60,000 plántulas nativas al año, destinadas a reforestar los suelos dañados y asegurar la biodiversidad local.
Naturaleza, deporte y patrimonio
Cuando el invierno llega a su punto más alto, la ruta adquiere su mejor perfil para la visita. La reserva plantea opciones para distintas búsquedas: desde caminatas tranquilas para recorrer en familia mientras se aprende sobre el lugar, hasta trazados de trekking, trail running y rutas de ciclismo para los más exigentes.






