Cultura

Ayahuasca: cruzando el portal

Foto: Macoy Zapata

Todo eso se escucha en la oscura noche de la selva Todo lo que uno va a escuchar, todo eso suena, anticipado en medio de la noche de la selva, en la selva que suena en medio de la noche.

La memoria, es más, es mucho más ¿lo sabes? La memoria verídica conserva también lo que está por venir. Y hasta lo que nunca llegará, eso también conserva.

Las tres mitades de ino Moxo, César Calvo

Por Lenin Quevedo

En la noche oscura de la selva, se perciben las más extrañas melodías, las más arcaicas, las más puras. Los latidos de la naturaleza, la respiración del bosque, ese conjunto que hace de la jungla un solo ser. César Calvo decía que en el bosque hay más ojos que hojas; yo agregaría que hay más cantos que copas.

Foto: Macoy Zapata 

Es por ello que cuando el viaje más intenso de la Amazonía empieza, se apagan las luces para agudizar los otros sentidos que se revelan existentes.

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Todo empieza con el miedo aterrador de sentirse invadido por la planta. Tiemblo, el sudor frío recorre mi espalda y pienso-siento como la muerte me hace parte suya. Poco a poco me acomodo, lleno mi memoria de buenos recuerdos y el amor de la planta fluye por mi sangre, adormeciéndome las manos, las puntas de los dedos de los pies, recorriendo como una serpiente mi estómago y también mi alma, removiendo lo que se está pudriendo, lo que estando guardado ya no sirve. Se agudiza así el oído, que deja de ser un instrumento solo para escuchar, también sirve para navegar en las aguas del canto del curandero, en ese río de rostros y recuerdos.

Foto: Lenin Quevedo

Los ojos cerrados abren otro: el tercero, que lee el lenguaje encriptado de la naturaleza; en formas geométricas, en visiones de tres dimensiones, como cuando veo a mi lado a mi amigo, que está sentado-brillando, con plumas de águila, plumas que respiran, sobre un castillo de ladrillos con ojos, danzando con pífanos en la fiesta de los delfines rosados, hasta que no puedo contenerme para decirle al maestro que de buena gana nos ha recibido: “Don Aquilino, esto es maravilloso, muchas gracias maestro”.

La visión occidental

¿Pero qué es la Ayahuasca? Dimetiltriptamina o DMT es el nombre que le ha puesto occidente a la molécula que ha sido descrita como la droga psicodélica más potente del mundo. Esta se encuentra en la naturaleza, en plantas, hongos y hasta en algunas ranas, pero en ninguna otra planta con la forma y concentración que en la Ayahuasca. Algunos refieren que el DMT despierta a los sueños, otros llegan a inferir que es la conexión con el alma que una vez fuera del cuerpo, vaga por el mundo hasta encontrar otro móvil para desplazarse por la vida; también dicen que activa el tercer ojo.

Foto: Lenin Quevedo

En los 20 años que vengo experimentando con la planta lo único que me ha quedado claro es que es una excelente psicóloga, capaz de enfrentarte a los peores miedos como un espectador, lo que terapéuticamente es muy sabio. En muchas ocasiones te enfrenta a la muerte, te angustia, golpea y hasta hablas con ella, en las varias formas que es capaz de transfigurarse, desde una serpiente, unas manos que sostienen valles con ríos inmensos, hasta esa persona que prefieres no recordar. Con ella, comprendes que para hablar no son indispensables las palabras y para sentir terror, solo bastan tus pensamientos.

La preparación de la Ayahuasca por Heriberto Chujandama

Chazuta es en San Martín, un pueblo en el que confluyeron históricamente muchos maestros. Por líneas familiares destacan los Chujandama y los Ojanama. De ellos, uno de los trabajos más interesantes e intensos los desarrolla Heriberto Chujandama, quien viene rescatando no únicamente la tradición detrás de la planta, sino el linaje de las plantas que acompañaron a cada maestro en vida, sembrando lo que ellos bebían.Con él, recorremos la chacra Río Bosque Mágico, en donde a cada paso encontramos plantas medicinales, entre ellas las que sirven para despertar el espíritu de la ayahuasca.

Foto: Lenin Quevedo

A diferencia de lo que podría pensarse, para sentir a la planta no solo es necesaria la madre, que guía y entrega las visiones, sino que se agregan algunos otros maestros (que es como se les llama a las plantas en la Amazonía). El más importante de ellos es la chakruna, la planta que colorea el paisaje interno. Tabaco para cuidar el alma de los malos espíritus que pululan alrededor del tambo, la yahuarpanga para limpiar el cuerpo.

Las hojas se “machacan” sobre la piedra y todo se pone con un poco de agua, en una gran olla por 4 ó 24 horas, dependiendo de la cantidad que se pretende preparar. Todo se hace con el permiso de la naturaleza, de la tierra, del sol, repitiendo oraciones, conectando con los espíritus de la planta en todo momento. Es un ritual sagrado, en donde el templo y sus artilugios, son las cosas que nos rodean; las gotas del rocío, las flores del chiriksanango, el pequeño lago que hace poco se ha formado y del que nacieron situllis de hasta cuatro especies.Una nueva ceremonia significa el momento en el que el curandero deposita la ayahuasca líquida en botellas. Humo de tabaco y cantos de chicharras, grillos y el suave discurrir de la warmilluvia lo acompañan.

Nos convidan la pócima

Para llegar a las tierras de don Aquilino Chujandama, debes subir a un bote hasta arribar a Llucanayacu y de allí, por un brazo del río, poblado de renacos, ojés y otras plantas míticas, estar en una tierra cuya mejor definición (aunque resulte ridículamente occidental a estas alturas) es Avatar. Aquí casi puede sentirse el sabor del ayahuasca, el olor del tabaco y los cantos del maestro en el ambiente.

Foto: Lenin Quevedo

Nos recibe con una caminata, hasta llegar a una enorme lupuna, ese árbol que creían los antiguos pobladores de la Amazonía, era lo más grande que existía en el mundo. Desde allí, sentado en sus raíces gigantes, nos cuenta la superficie de las cosas, como que tiene más de 200 plantas que curan en su lugar, que puede curar desde la diabetes hasta el VIH y que quien le enseña es la planta madre, la ayahuasca en las visiones.

Don Aquilino Chujandama cantó para nosotros en la oscura noche de la selva, acompasado por el grillo, las ranas, las aves nocturnas y los espíritus del bosque, los otros espíritus que nos acompañan y los recuerdos de lo que viviremos. Nunca es igual, nunca renaces desde la planta igual.

Yo aprendí a vencer miedos que provenían desde la infancia y a ver a mis enemigos amenazando mi paz: alcohol, envidia, rabia y absurdos temores. Tras la sesión, me retiré solo al bosque. mire a la enorme luna que acompañaba la noche, mientras ensuciaba con barro mis pies y grababa algo de los sonidos para no olvidar nunca lo que él en ese instante de lucidez, empatía, sensibilidad y descubrimiento me decía-quería-decir.

Foto: Macoy Zapata 

Hoy extraño ese dulce y aterrador paraíso que se experimenta cada vez que se ingresa a los dominios de la planta madre y seguramente pronto regresaré a Aquilino, a Heriberto, a Herbert, a Luchito, a esos maestros que me entregaron las llaves de las puertas de la planta para vivir los viajes más intensos de mi vida.

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Redacción Rumbos

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