Ambiente

Quelccaya, la muerte de un gigante

El glaciar tropical más extenso del mundo se ubica en Perú y corre la suerte de desaparecer en poco tiempo. Este gigante blanco, considerado un termómetro mundial para medir el calentamiento global y el derretimiento de los glaciares, integra la propuesta de Área de Conservación Regional – Ausangate la cual busca, desesperadamente preservar su acelerada agonía. 

Por Álvaro Rocha

Chullo, poncho, descalzo y chacchando coca. Un hombre andino mira el espacio, la lejanía. Atrás suyo, el imponente nevado Sinakara con una atrevida lengua de nieve que llega hasta la base de la montaña. Estaba en un restaurante del Cusco mirando una reproducción de la foto “Descanso en el Q’Olloriti” de Martín Chambi tomada en 1935. El Sinakara es parte de la cordillera de Vilcanota, la misma que comprende también a Quelccaya. Solo que ahora esa lengua de nieve ha desaparecido por completo y solo la cumbre mantiene un manto blanco. Y la costumbre de los ‘ukukus’ y ‘pabluchas’ durante la festividad del Qoyllur Rit’i de bajar grandes trozos de hielo para purificar sus comunidades ha sido restringida para no desvestir al Apu, a la estrella de la nieve.

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Otra foto, carátula del National Geographic de 2004, fue el génesis de mi viaje a Quelccaya. Primera vez que escuchaba sobre este glaciar del sureste andino. Se apreciaba una descomunal pared de hielo y abajo una laguna y un torrentoso riachuelo. Quelccaya se estaba derritiendo, decían. La idea ya se caía de madura, cuando a fines de 2015, Pedro Pablo Morales Costa nos recomendó la visita.

Apus y Dioses

Nuestros glaciares son, al parecer, nuestra última frontera. Sitios ignorados por la mayoría de los peruanos, a pesar de que se están convirtiendo en un tema candente. El guía cusqueño Domingo Atao, que hace expediciones a Quelccaya, fue a preguntar a los estudiantes de la universidad del Cusco, San Antonio de Abad por el glaciar y no sabían ni dónde quedaba. A pesar de que Lonnie Thompson, asesor de Al Gore en el documental “Una verdad incómoda”, tuvo al Cusco como base de operaciones para sus investigaciones de más de dos décadas en Quelccaya.

Salimos rumbo al sur hasta llegar al kilómetro 85, donde abandonamos el valle de Vilcanota, para tomar un desvío que nos llevó al pueblo de Checacupe y su puente colonial. A partir de ese momento transitamos por una trocha, que por momentos se torna infernal, siempre en dirección al este. A mitad de camino miramos embobados al Ausangate, Apu mayor del Cusco, rasgando el cielo. Muy cerca se empinaban los nevados Tres Puntas y Acero de forma cónica.

La carretera color ladrillo, las montañas verdes y el blanco y azul de los nevados producían un maravilloso contraste cromático. Finalmente, después de 7 horas, llegamos a Phinalla, el último pueblo en la ruta, donde el diablo perdió el poncho y algo más. No se ve un alma, en las calles crece el ichu. No es para menos pues estamos a 4725 m.s.n.m. 

De pronto la aparente inamovilidad se rompe y asoman, más curiosos que tímidos, dos niños: Rolando y Beatriz. Con la idea de aclimatarnos, subimos con ellos a Sacsayhuamán, el cerro tutelar de Phinalla. En la cima se levantaba una cruz verde. Rolando me cuenta que el mes anterior vinieron ukukus del Qoyllur Rit’i a rezarle a la cruz pues hubo un matrimonio en Phinalla. En estas alturas Dios debe ceder espacio al espíritu de las montañas.

Fin de los tiempos

La primera noche estábamos tan cansados que dormimos como borrachos. El amanecer fue malva y frígido. Los charcos de agua se habían cristalizado. Al salir de Phinalla nos encontramos con un paisaje más bello de lo que uno hubiera podido considerar como posible.

Domingo nos contó que una vez un fotógrafo se sobó los ojos primero y luego lloró por estar en este escenario natural: un vasto altiplano con riachuelos, bofedales, pasturas, alpacas y de fondo los majestuosos nevados de Montura (tiene forma de asiento) y Ccascara con una laguna del mismo nombre a sus pies que alberga las truchas más grandes y codiciadas por los pescadores de Sicuani. Nos detuvimos en la casa de Baltazar Santos (79), un pastor de altura que posee 150 alpacas. Baltazar nos cuen ta que “la nieve se ha encogido, se ha retirado, y con menos nieve hay menos agua, menos pastos y menos alpacas”.

Sus padres tenían 1500 alpacas porque los pastos no se secaban como ahora. Y todavía hay gente que dice que el calentamiento global es un mito. Así como los antropólogos registraban tribus que iban a desaparecer, ahora los glaciólogos registran glaciares que también van a desaparecer. Lonnie Thompson de la Universidad de Ohio, recogió muestras del Quelccaya que permiten determinar las variaciones del clima desde la época de Cristo.

“Los glaciares tropicales son como los canarios en las minas de carbón para nuestro sistema climático global, pues combinan temperatura, precipitación, nubosidad, humedad y radiación”, dice Thompson apuntando a que los glaciares nos advierten los peligros que nos acechan como especie.

Finalmente abandonamos el carro y emprendimos el último tramo a pie mientras nos azotaba una granizada infernal. Una hora después estábamos al pie de una sólida pared de hielo de 100 metros de altura. Apenas podía escribir, pues el granizo humedecía mi libreta. Vi hielo azul, el más puro del mundo, vi estalactitas, vi cuevas de fondo cobalto, vi grietas que se ahondaban, vi el fin de los tiempos.

Trágica Belleza

De pronto, truenos, el cielo rugía, y entonces el granizo comenzó a pare cerme un chancay de a veinte frente a otras sombrías posibilidades climáticas.

Descargas eléctricas, rayos, alumbran la montaña a nuestras espaldas. Guardé mi libreta, me persigné, de pronto creía en todo, traté de armar una apacheta, no pude, me temblaban las manos. El glaciar parecía imperturbable, inmóvil, pero está en movimiento, se desliza, se contrae, se derrite. Resistí el temporal con un poncho de plástico de 10 lucas que compré en el Cusco. De improviso, el cielo se calmó y dejó pasar un poco de luz y hubo que ponerse los lentes oscuros a toda prisa para evitar que se dañen las córneas.

Cuando los rayos solares lamieron la pared de hielo, se escucharon otro tipo de truenos: eran los estertores del glaciar, el hielo se quebraba, el goteo se aceleró, el agua formaba arroyos, torrenteras que discurrían, se esfumaban hacia los valles bajos. La potente radiación solar que, a estas alturas, es más extrema aceleraba el proceso de extinción de estas otroras nieves perpetuas, gracias a la insania y egoísmo del hombre, a su afán de lucro que provocó el calentamiento global, del cual ya no hay salida por más cumbres internacionales y más papeles que se firmen y protocolos que se establezcan, que no son nada frente a la estupidez de nuestra especie, la única que destruye el medio natural que permite su supervivencia.

Estuvimos a 5300 m.s.n.m. pero ni los sentí de lo turbado que estaba ante tan improbable belleza. Su embrujo te hipnotiza y te olvidas del soroche y la falta de oxígeno. Tus piernas caminan solas llevadas por esa luz que se adueña de tus ojos. Lo triste es que, como en el registro de Chambi, de acá a pocos años, toda esa magnificencia natural solo será un páramo triste y pelado.