Este 22 de marzo es el día mundial del agua, pero en el Perú no hay nada que celebrar. La falta de equidad en su distribución sigue vigente hace casi un siglo y nadie hace nada por evitar que se acabe. Esa es la peor desgracia
Por Martín Vargas Barrera

Pantaleoncha está cansado del abuso de Don Braulio, el gamonal que administra y distribuye injustamente el agua en San Juan. El 90% para los blancos, el mendrugo para los mestizos amancebados y nada para los comuneros quejosos.
¡Que buena vaina, carajo! responde el terrateniente ante la súplica por un poco de agua para las wawitas y los sembríos de los indios. Braulio, un octogenario cara pálida, es quien acapara el agua y la suelta a su conveniencia.
La sequía está matando las pocas reses que quedan, las chacras se pudren y el suelo se agrieta, pero nadie parece revelarse hasta que Pantaleoncha vuelve de la costa. El cornetero azuza la revuelta para acabar con la injusticia. Sin embargo, el vuelto llega rápido. Un balazo lo tumba, la rebelión es sofocada y los revoltosos huyen.
El cuento es de José María Arguedas y aunque fue escrito en 1935, sigue vigente noventa años después. El drama patalea, late fuerte en la sierra minera, donde el agua se prioriza para la industria extractiva en desmedro del consumo humano.

Lamentablemente, la realidad gamonal descrita por el Tayta en su cuento Agua, ha hecho metástasis en todo el país. Los lagos siguen chupándose, los ríos adelgazan sus caudales y las lluvias escasean producto de la indiferencia del Estado con la pachamama, la ingratitud humana con los servicios ecosistémicos y el abuso de la gran empresa con las comunidades indígenas.
El agua se está yendo y no hay marcha atrás, pero en el Perú, como sentenció el poeta César Moro, solo se cuecen habas. Por eso se sigue dando prioridad a la cosecha de oro, madera y otros menjunjes que pide ultramar, en lugar de aplicar un torniquete para evitar que se sigan desangrando los bosques andinos y amazónicos.

La primera gran crisis hídrica está a la vuelta de la esquina. El 2030 se sentirá el primer zarpazo que cambiará nuestras vidas. Debe ser por eso que las inmobiliarias se apuran en vender sus ratoneras en los rascacielos que antes fueron mansiones art déco, buque o ranchos que escaparon del fuego invasor.
En menos de cinco años, el 58% de peruanos vivirá como hoy lo hacen los vecinos de Ventanilla, Pamplona o el bajo Piura. Con agüita por horas, juntando en baldes, comprándole a las cisternas, rezando para que caiga la lluvia en la sierra y el río llegue gordo hasta la Atarjea. Como viven cerca de 3.5 millones de compatriotas.
El Perú pierde 40 mil hectáreas de bosque al año; es decir, unas 56 mil canchas de fútbol, pero nadie parece parar la bola. Ningún candidato a la presidencia tiene como prioridad la recuperación de zonas degradadas, la reforestación y el combate a la tala indiscriminada.

Todos apuntan al árbol y no al bosque. Prometen instalar redes de agua y desagüe en todo el país, aseguran que cada distrito tendrá su planta de tratamiento y que no habrá río que no tenga puente para que el agricultor saque su yuca o cacao. Hablan de cemento y PVC, pero los ríos se siguen secando.
Revolución productiva gritan unos, mientras otros desgañitan profetizando la muerte del crimen y del sicario, pero nadie tiene visión de nación. Pareciera que quisieran que el Perú sea pronto como el caserío de Ventanilla, en el cuento de Arguedas.
Un lugar fantasmal donde las vacas se esconden de los zorros en las habitaciones de casas abandonadas. Donde los chanchos gigantes roncan patas arriba en las mecedoras. Donde los sobrevivientes le siguen rezando al patrón San Juan para que mande la lluvia. Para que el orden natural vuelva. Para que la corneta de Pantaleoncha nunca deje de sonar.











