Entre muros de piedra, lomas verdes que despiertan con la neblina y la memoria ancestral de los mitimaes de Huarochirí, este complejo arqueológico se erige como el gran guardián silencioso de la costa central. Un enclave imperial que renace gracias a la alianza sostenida entre la academia y la responsabilidad social.
Por Revista Rumbos
Hay lugares en la geografía peruana que parecen suspendidos entre el murmullo del viento y el testimonio indeleble de los antiguos. A poca distancia de la vorágine urbana de Lima, el valle de Lurín resguarda un tesoro monumental de piedra que desafía el paso de los siglos. Durante décadas, la mirada del viajero y del estudioso se volcó casi exclusivamente hacia el célebre Santuario de Pachacámac, aquel oráculo monumental sobre el Océano Pacífico que convocaba a peregrinos de todos los rincones del Tahuantinsuyo. Sin embargo, unos kilómetros cuenca arriba, protegido por los pliegues de las quebradas, descansa su aliado más estratégico: Pueblo Viejo–Pucará.

Ubicado entre los 400 y 600 metros sobre el nivel del mar, en la margen izquierda del río Lurín, este complejo arqueológico abarca aproximadamente 12 hectáreas de arquitectura monumental de piedra. Construido y ocupado durante el periodo del Horizonte Tardío (siglos XV y XVI) y habitado hasta los primeros años de la época colonial (ca. 1570), constituyó el asentamiento urbano permanente más extenso y poblado de toda la cuenca baja, superado en escala monumental únicamente por la propia sede del oráculo.
Los mitimaes Caringa: pastores y guerreros de la sierra en la costa
¿Qué llevó a la administración incaica a fundar una urbe de esta magnitud en las estribaciones de las lomas? Las investigaciones desarrolladas por el Programa Arqueológico – Escuela de Campo – Valle de Pachacamac, han revelado que Pueblo Viejo–Pucará no fue un simple poblado rural, sino una pieza geopolítica de precisión quirúrgica.

El asentamiento estuvo habitado por los Caringa, una comunidad originaria de las serranías de Huarochirí trasladados al litoral bajo la institución del mitmaqkuna (colonos estatales). Estos pobladores se establecieron en la margen izquierda del valle para cumplir una doble misión: cuidar militarmente el acceso hacia el Santuario y administrar los inmensos rebaños de camélidos consagrados a la divinidad de Pachacamac. Su filiación serrana quedó plasmada en la arquitectura de piedra semi-canteada (técnica ajena a las construcciones de barro de la costa), en sus costumbres funerarias, y en el uso de vajilla doméstica de pasta marrón (estilo serrano).

Durante los meses de invierno y primavera —de junio a octubre—, el entorno seco de las quebradas se transforma milagrosamente por la condensación de la humedad costera. Se forma así un frágil y generoso ecosistema de lomas arbóreas. Los Caringa supieron aprovechar esta dinámica estacional para el pastoreo y empadre de cientos de llamas y alpacas en amplios corrales de pirca, implementando además complejas redes de amunas (muros y reservorios) para la siembra y cosecha de agua en las alturas. Este estrecho lazo entre la sierra de Huarochirí y el valle bajo de Lurín quedó inmortalizado también en la tradición oral recogida en el célebre Manuscrito de Huarochirí, donde las divinidades y los hombres de la cordillera dialogan constantemente con los valles del litoral.

Las excavaciones han sacado a la luz dos palacios curacales, barrios de viviendas modulares articuladas alrededor de patios comunes, un templo ceremonial en la cima y depósitos de dos pisos que con el tiempo fueron transformados en cámaras funerarias familiares. El hallazgo de vasijas de estilo Inca Provincial, platos ceremoniales de pasta negra Chimú – Inca, objetos de metal (cobre, plata y oro) y valvas sagradas de concha Spondylus Prínceps —el codiciado molusco de las aguas cálidas del Ecuador usado en ceremonias sagradas— atestigua el estatus privilegiado de los habitantes de Pueblo Viejo–Pucará y la estrecha vinculación de sus líderes con el Estado incaico.


Tres décadas de ciencia en la Escuela de Campo
Recorrer hoy sus pasajes, contemplar la solidez de sus dinteles o admirar los tramos de caminos ancestrales y andenerías que trepan por las laderas no es un hecho fortuito. La preservación de Pueblo Viejo–Pucará es la historia de un compromiso sostenido entre la ciencia, la universidad y la empresa privada.


Desde 1991, La Cementera “UNACEM” (a través de su asociación) mantiene una alianza estratégica con la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), dando vida al Programa Arqueológico – Escuela de Campo – Valle de Pachacámac. Bajo la visión y dirección científica del reconocido arqueólogo y catedrático Dr. Krzysztof Makowski y la coordinación de la arqueóloga Cynthia Vargas, el programa revolucionó el entendimiento del valle bajo de Lurín tras décadas de excavaciones sistemáticas en Tablada de Lurín, Pueblo Viejo – Pucará y el Santuario de Pachacamac. Los estudios del programa demostraron que Pueblo Viejo–Pucará funcionó como el centro cívico y productivo del curacazgo, trabajando en simbiosis con el centro religioso de Pachacámac.
A lo largo de más de 35 años de labor ininterrumpida, este modelo pionero ha alcanzado logros excepcionales:
- Investigación y conservación: Más de 12000 m² de excavados entre los tres sitios y un programa continuo de conservación arquitectónica preventiva en Pueblo Viejo – Pucará, conducido por especialistas, que estabiliza los muros mediante morteros locales de arcilla y protección de cabeceras, respetando la autenticidad del monumento.
- Escuela viva de formación académica: Ha funcionado como una cantera viva donde se han formado cientos de estudiantes de arqueología, tanto peruanos como extranjeros, quienes aprendieron los métodos más rigurosos del trabajo de campo. Lo que dio origen a decenas de tesis de grado sustentadas en prestigiosas universidades del Perú y el mundo
- Divulgación científica: Se han publicado más de 150 trabajos de investigación, monografías y artículos académicos, consolidando un nuevo marco cronológico para la costa central.
- Proyección comunitaria: Miles de escolares, vecinos de Lima Sur y visitantes han participado en recorridos guiados y en los talleres de educación patrimonial del programa, fortaleciendo el arraigo, la identidad, la educación patrimonial en las poblaciones aledañas y la protección de la herencia ancestral.
Un santuario de piedra que mira al futuro
Pueblo Viejo–Pucará es una lección de historia al aire libre. En un país donde el patrimonio arqueológico muchas veces sucumbe ante la indiferencia o el avance urbano informal, este enclave en el valle de Lurín demuestra que la articulación entre la investigación académica rigurosa y la responsabilidad social corporativa permite rescatar el pasado con dignidad y proyectarlo hacia las futuras generaciones.

Caminar al atardecer por los recintos de Pueblo Viejo – Pucará, cuando la neblina invernal desciende sobre las quebradas y el sol dora las piedras ancestrales, es reencontrarse con el legado de aquellos pastores y guerreros de Huarochirí que custodiaron la entrada al valle sagrado.
Créditos:
1. Imagen por Rosángela Calle. Edición por Mayra Herrera
2. Imagen por archivo PATL. Edición por Mayra Herrera
3. Foto y edición por Mayra Herrera
4. Foto por Sheylah Vásquez. Edición por Mayra Herrera
5. Imagen por Raúl Vargas. Edición por Mayra Herrera
6. Imagen por Raúl Vargas. Edición por Mayra Herrera
7. Foto y edición por Mayra Herrera
8. Foto y edición por Mayra Herrera




