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El Chile desconocido

Encantadora vista de San Juan de la Costa, la apacible, artesanal y mágica población al sur de chile. Foto: Difusión

A dos horas de Puerto Montt se encuentra este encantador destino donde se unen el mar, la montaña, el bosque y el amor por la naturaleza 

Por Martín Vargas Barrera / Revista Rumbos

Al sur de Chile la vida es más sabrosa, y la gente, pese al frío, es más calurosa y bonachona que cualquiera en la patria de los Allende y los “completos”. Acabamos de llegar al aeropuerto de Puerto Montt, y una sonrisa de oreja a oreja nos invita a entrar en la camioneta porque hay que irse “al tiro” a San Juan de la Costa. Nos está esperando la mesa servida y los abrazos abiertos.

Bahías como esta pintan el paisaje de esta espectacular zona donde el monte se junta con el mar . Foto: Martín Vargas

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Si desde el aire se veía increíble, por tierra la Región de Los Lagos es un paraíso, una paradisíaca extensión de llanuras verdes, bosques frondosos y casitas como de juguete, de madera y coloridas. A lo largo del camino, un batallón de vacas lecheras, potros sin montura, zorros obesos y millones de pajaritos, acompañan y son cómplices de una idea bizarra, de algo que jamás pensé decir: Me encantaría vivir en Chile.

El sonido del claxon (rarísimo escucharlo por aquí) me despierta de un estado de admiración silente que no habría de admitir, sino hasta mi último día en Chile. Ha pasado casi una hora  y nuestro amable anfitrión y conductor, Rodrigo Angulo, cuadra la van y nos dice (estoy junto a dos blogueras peruanas y dos operadores turísticos chilenos) que somos bienvenidos a San Juan de la Costa. Abre la puerta y no se puede creer lo que se ve. Es como la casa de la familia Ingalls pero en vivo y en directo. Esto parece  Walnut Grove o alguno de esos encantadores pueblos franceses al borde del río Dordoña. ¡Pero no! Es Chile, aquisito nomás.

 

Guido Carvallo y Bernarda Díaz dirigen “La cascada del Chucao”, un restaurante familiar exquisito. Foto: Martín Vargas

Carlos Aedo, cabeza del Sernatur  (Servicio Nacional de Turismo de Chile) en la Región de Los Lagos, nos agradece la visita y comienza a contarnos el cambio que vive el poblador chileno de esos lares, el inicio de la Patagonia Chilena. Nos cuenta que hace años comenzaron a cambiarle el chip a los lugareños para que dejen de talar y vivir de la muerte de los bosques. Que los han capacitado y reconvertido, que ya se han iniciado emprendimientos que están poniendo en valor las rutas turísticas locales, y que ya era hora de mostrar que la Patagonia chilena es tan buena como la argentina. O quizá mejor.

Aedo, una suerte de mezcla de Bob Dylan con Joaquín Sabina y Fernando Tola, es un tipo encantador, tanto que me animo a decirle que no parece chileno. Aedo sonríe y me dice que en el sur chileno la gente es más cálida que en el propio Perú. Nos da un completísimo paquete de material informativo sobre los destinos (que ya quisiera tener PromPerú) y emprendemos camino hacia La Cascada del Chucao, un novel restaurante en lo alto de una montañita que corona la bahía de Pucatrihue.

Gastronomía a la chilena

Glorimar tiene una vista imperdible (algo así como la de El Salto del fraile) y una cara bien cuajada.

Guido Carvallo, un ex electricista, y Bernarda Díaz, ama de casa toda la vida, decidieron renunciar a su vida para luchar por sus sueños. Rompieron el chanchito y pusieron un restaurante como se debe. Convencidos por Sernatur que el gobierno impulsaría el turismo internacional en la zona, la llegada de periodistas peruanos a su fonda es para ellos un augurio de que las cosas marchan y que no se equivocaron al creer, invertir y poner el negocio que siempre quisieron.

Paila marina, una suerte de acuario comestible con 12 tipos de mariscos, está servida. Los chilenos nos miran de reojo, esperan callados el veredicto. Bernarda me dice que también sacará pebre de ulte (una zarza riquísima) y yo le digo que está bien. No soy de regalar elogios así que sólo le digo la verdad: “Está para chuparse los dedos”. Los chilenos sonríen y todos contentos menos yo. Mis colegas peruanas aprovecharon el tumulto para comerse los camarones y las almejas. En el plato, una suerte de parihuela chalaca, solo naufragan lapas y un pedacito de carne ahumada. Tendré que estar más mosca para la próxima.

Bajamos al muelle de Bahía Mansa y luego de recorrerlo y conversar con algunos pescadores de centolla (un increíble y carísimo crustáceo), es inevitable no pasar por TitoMin, un agachado de empanadas de mariscos y queso, que prepara la afable Cristina Gaete.  Al día, al menos unas 400 empanadas vendidas dan fe que la doña prepara un canapé exquisito y que ni el más encopetado turista ni el más fortachón pescador puede dejar de picar.

TitoMin, es un agachado de empanadas de mariscos y queso, que prepara la afable Cristina Gaete. Foto: Martín Vargas

Pero no podíamos irnos de San Juan sin probar uno de sus restaurantes más afamados: Glorimar. Dueño de una vista imperdible (algo así como la de El Salto del fraile), el lugar es de madera, tiene una terraza envidiable y su decoración es náutica al 100% Nadie puede irse de San Juan sin probar las maravillas que allí preparan, pero, por favor, no pida cebiche. Se arrepentirá por años.

Son las nueve de la noche, pero aquí el sol todavía alumbra. Atravesamos una pequeña trocha entre árboles endémicos y llegamos a Altos de Pichimallay Lodge, una increíble hostería en el pico de una montaña desde donde puede verse al Pacífico humedecer en silencio las costas chilenas, escuchar el trinar de especies aun no censadas, y sentir como la naturaleza te abofetea el rostro. Entonces uno piensa… ¿Cómo es posible que en el Perú no podamos parar la tala de bosques? ¿Por qué la gente no entiende que si seguimos así acabaremos con nuestra selva, con la naturaleza?

Un oasis en la carretera, especializado en mariscos y pescados. Foto: Martín Vargas

Si se quiere hacer una analogía, San Juan de la Costa es una mezcla de Tarapoto, Máncora y Pozuzo, pero con pistas espectaculares, postes con energía solar y una plataforma de servicios de primera. Da envidia, pero de la buena. La ciudad es súper ordenada, limpia y la gente es campechana. El destino invita, se puede practicar trekking, surf, pescar, descubrir su espectacular geografía, montar caballo, comer delicioso y hospedarse en lodges que la población ha puesto a punto para recibir al turista y que se sienta, literalmente, mejor que en casa. Es hora de dormir, mañana cruzaremos todo Chile hasta llegar a Antillanca, el paraíso del ski sobre nieve en el corazón del valle de los volcanes.

En rumbo

¿Cómo llegar?

Desde Lima, vuelo directo a Santiago y desde allí un trasbordo a Osorno. Desde esa ciudad el trayecto en auto o camioneta toma 45 minutos.

¿La mejor temporada?

Todo el año, las tinajas se encargan de devolverle el calorcito al cuerpo caribeño no acostumbrado a la Patagonia chilena.

Tour operador local:

Rodrigo Angulo / rodrigotransporteyturismo@gmail.com

 

 

 

Acerca del autor

Wendy Rojas

Fotógrafa y viajera.

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